Posted on nov 29, 2011 | 0 comments

castañera Mientras paseas por las calles de tu ciudad, observas que de un tiempo a esta parte todo tiene una luz especial, el humo de las castañas “asás” en cualquier esquina hace que se remuevan por dentro algunos de tus recuerdos de niñez y hemos cambiado el ropero sacando a pasear chaquetones, bufandas y guantes que llevaban un año guardados en el armario cuya única utilidad es ver pasar las temporadas y renovarse cada cierto tiempo para no caer en la monotonía…

Así es, ha llegado el invierno y con él la Navidad, esa fiesta que no deja a nadie indiferente, por odiada o por querida, por triste o por alegre, según el cristal con que se mire.

Para los pudientes, los que gozan de salud y de su familia alrededor es una fiesta entrañable y bonita. Donde los deseos, casi siempre materiales, se hacen realidad, ymesa_ok donde la buena mesa abunda. Mantelerías, las mejores para estas cenas copiosas donde las haya, las vajillas que sólo salen de la vitrina para esa ocasión, la cubertería especial, todo un alarde de viejas glorias que nos dicen que en estas fechas hay algo que celebrar, algo por lo que comer sin parar, por lo que brindar sin descanso.

Para los menos afortunados, son unas fechas tristes, donde las familias se alimentan con la tristeza de no poder poner en la mesa todo lo que quisieran. Donde los regalos más preciados serán el estar juntos y tener salud, donde la impotencia por no poder dar a los suyos lo que ellos creen justo les hace impotentes ante las riquezas que les rodean. Familias éstas en las que no hay un mantel bonito, ni una servilleta plateada para conjuntar, donde los adornos navideños son las luces de la calle y la vajilla es la de siempre, con el tenedor de siempre para tomar los alimentos de siempre.

Cierto es que la salud es muy importante, y que debemos estar agradecidos por estar rodeados de gente que nos quiere y se desvive por nosotros, pero eso, amigos, son cosas que se dicen con la boca pequeña. Seamos sinceros y hagamos examen de conciencia ¿quién de nosotros se sentiría afortunado y no le daría pena no tener para poner un plato de gambas encima de la mesa en estas fechas? ¿qué padre o madre de familia no se sentiría mal por no poder dar a sus hijos lo que los de otros sí tienen? ¿Cuántas veces hemos pensado en lo desgraciados que somos por no poder comer los exquisitos manjares que otros comen, o por no tener el vestido perfecto para la ocasión?

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Volvemos al debate de siempre. La Navidad, esas fechas en las que apelamos a la solidaridad del más rico, y en las que enaltecemos la bondad y decimos alto y claro que el dinero no da la felicidad, ¿realmente así lo pensamos? ¿o nos avergonzamos de decir realmente que si no tuviéramos la gran suerte de tener lo que tenemos nos sentiríamos mal y esas palabras no nos reconfortarían en absoluto? ¿Creéis que al parado, al indigente, al que no tiene para mantener a sus hijos y hacerles todos esos regalos que otros van a tener les basta con tener salud, o preferirían tener algo más? ¿No os sentís un poquito culpables cuando salís de cualquier tienda cargados de bolsas y alguien os tiende una mano pidiendo ayuda a la salida y miramos para otro lado?

Esta , señores, es la falsa moral que nos traen estas fechas, tan alegres para algunos, como tristes para otros.